Tienes catorce años. Una maldición ha acabado con tu familia y a ti te ha dejado ciego. Vagas por un bosque de árboles sinuosos, lamentándote y deseando que un animal salvaje ponga fin a tu vida.

Entonces, escuchas una melodía. Sigues el sonido, te caes, avanzas a gatas... El sonido se detiene, pero sigues adelante por inercia y de pronto tus dedos palpan una madera suave, una forma curva, cuerdas tensas. Aprendes a tocar el arpa bajo la tutela de un maestro estricto y un día, cuando el clima mejora, sales a recorrer los caminos.

Ahora eres un músico ambulante. Tus melodías atraen a la gente. Los bardos te acompañan, te escuchan y los más hábiles logran convertir tus melodías en canciones. Consigues una carreta y llegas hasta las villas más apartadas para tocar mientras los días se alargan.

Pasan los años, el reino florece, los bardos llevan tu música a cada rincón haciendo crecer una leyenda en torno a ti. Antes de comenzar a tocar, suelen decir que aprendieron la melodía de un joven ciego, y que este, a su vez, la aprendió de la mismísima Dama del Bosque. Muchos creen, muchos dudan; algunos piensan que estás maldito y otros que has recibido el regalo más grande de todos.

Ya eres un hombre mayor, reconocido y valorado en cada lugar al que vas. Se dice que las celebraciones no comienzan si tú no estás presente. Es entonces cuando recibes una invitación para tocar ante el rey y su corte. Te preparas con diligencia e inicias tu viaje hacia el norte, hasta la capital del reino.


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