Entre los hechiceros circula una leyenda que roza la obsesión. Es una historia que se siembra durante los primeros años de formación y que, al echar raíces, llega a provocar sueños inquietantes incluso en los aprendices más templados. Seguro que ya sabes a qué me refiero. La Puerta. Se dice, por ejemplo, que el vengativo Salot no emprendió sus campañas de conquista por ambición de poder. La conquista fue solo un pretexto: una excusa para mover ejércitos, derribar murallas y registrar cada rincón del mundo en busca de La Puerta. ¿Qué hay al otro lado? Nadie lo sabe con certeza. Algunos hablan de fortunas inimaginables, tesoros que no pesan ni ocupan lugar, otros sobre fuentes de conocimiento tan vastas que podrían colapsar la razón. En las tabernas aún se utiliza, ahogando siempre una risa burlona entre los dientes. «¿Y si La Puerta estuviera ahí?» es el anzuelo con que se reclutan hechiceros para cualquier nueva empresa. Pero el caso más desconcertante es el del Archimago Loch (sí, el de la leyenda). Cuentan que él sí la encontró. Se plantó frente a ella, palpó su madera, escuchó el sonido que se filtra por debajo. Sin embargo, La Puerta no le interesó en lo más mínimo. La miró como quien mira una piedra en el camino, se encogió de hombros y se fue a hacer otra cosa. Nunca la atravesó. Ni siquiera la mencionó en sus memorias. ¿Cómo es posible que algo que enloquece a unos no despierte el menor interés en otros? |