La ciudad duerme. En tu despacho, sobre la mesa de roble manchada de tinta, reposa aún un pergamino sellado que no llegaste a leer.

Los gritos te despiertan, la gente clama al cielo mientras una ceniza espesa e implacable empieza a caer. De pronto, te señalan a ti, te culpan de lo sucedido, no te defiendes, huyes. Huyes porque no encuentras sentido en dañar a nadie.

Te refugias en un convento cercano. Los monjes lloran: el abad ha muerto. Registras el cadáver en busca de alguna pista. No encuentras nada… hasta que hojeas su diario. Una nota menciona la profanación de una tumba no lejos de allí.

Vas al lugar. Al entrar en la tumba, percibes una presencia. Algo intenta acosarte, pero en cuanto alzas la voz, desaparece. Descubres que la tumba pertenecía a un santo olvidado, un santo al que un ángel entregó una poderosa espada.

Ángeles.

Suspiras y apoyas la espalda contra el muro de piedra mientras cierras los ojos un instante. No debería sorprenderte, los ángeles siempre terminan causando problemas y por eso existes tú, por eso has estudiado tanto cómo tratar con ellos: serafines, querubines, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones y… Los Tronos.

Esta noche, como tantas otras, tienes trabajo que hacer.


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